viernes, 31 de agosto de 2007

Gracias, Manuel

Mi exprofesor del curso de publicidad que hiciera hace un par de meses ha escrito un artículo en su blog "Apuntes de bolsillo" y me ha citado (qué ilusión).
Estoy sinceramente agradecida por ello, si quieren ver el artículo vayan al link.

Un saludo,

Ivis.

jueves, 30 de agosto de 2007

Un ejemplo

Este poema lo escribí estando en Cuba este enero de 2007, valga para ejemplificar la frustración de no ser considerada más de allí.


A mi gente

Yo era como ustedes,
reía y caminaba como ustedes,
me pintaba las uñas y pedía
botella en las esquinas.

Creía ciegamente
que nuestro vino amargo,
nuestra caña de azúcar,
los habanos
(que aunque no soportaba por su olor
siempre sacaba en cajas clandestinas)
eran lo más sublime de esta tierra.

Me sabía el manual del buen cubano:
que si las playas, que si los paisajes,
que no había verdor como el de Cuba
ni arenas como las de Varadero,
y por supuesto estaba convencida
de que mi educación era la máxima
y que no había médicos competentes
ni hospitales tan buenos
como los de mi Cuba.

Con ese presupuesto,
sintiéndome orgullosa y millonaria
me alejé de mi centro
a una distancia donde no veía
el Malecón, el Morro, el Capitolio,
todo el anecdotario nacional,
ese muro invisible que no deja
mirar al horizonte.


Desde aquella distancia
Cuba era un punto minúsculo en el mapa,
una noticia al mes,
unas ofertas
de hotel con desayuno
y caras de mulatas sonrientes
bajo los cocoteros.


Tengo que confesar que me dolía
renunciar a mi esencia, a esos esquemas
que, poco a poco, fueron pareciendo
ingenuos, desfasados, fantasmales,
lejanos en el tiempo
y acaso ensoñaciones.


¿Qué hacer con mis nostalgias de boleros
y actos de patriotismo?
¿Cómo circunscribir tanta entropía
a un medio frío y austero?


La indigestión duró casi un quinquenio
en el que cometí varios dislates:
me aficioné a la música local
y puse en un altar a Silvio y Pablo
junto a David Calzado y los Van Van.


Con gusto sospechoso
creyendo que al hacerlo me llevaba
un pedazo de isla
adquirí souvenires de la feria:
(negritas con tabacos, tumbadoras,
maracas y bohíos con palmeras)
y decoré mi casa con aquellos
sucedáneos de arte nacional.

Me empeñé en cocinar arroz, frijoles
y esos tamales que nunca cuajaron.
Mi casa fue embajada y yo activista
de aquel estereotipo de supuesta
cubanía.

Pero nada es eterno como dicen
y a mí me fue picando poco a poco
el bicho venenoso de la duda.
Y comenzaron las comparaciones
en las que, hay que decirlo,
mi pequeña isla amada
quedaba en evidencia
o al menos en incómodo silencio.

Quizás fueron el tiempo y la distancia
que todo lo destruyen,
quizás fue poco a poco darme cuenta
de que sin mi moneda y mis regalos
mi familia apenas sobrevivía.
De que las teorías leninistas
no daban de comer, y para colmo
estaban desfasadas.

Y por más que quería conservar
esa idea romántica del pueblo
generoso y desinteresado,
solidario e internacionalista
los hechos se imponían dolorosos:
50 cuc de entrada al aeropuerto,
la cordial bienvenida,
el precio del soborno por dejarme
pasar mis baratijas,
pedacitos de amor empaquetados
con olor a jabón capitalista.
Media familia aquí y la otra parte
desparramada por la geografía.
Pero, ¿quién necesita de familia
si hay dignidad, salud y educación?

El mejor país del mundo reniega de sus hijos,
ese país que un día fue real
ahora vive de recuerdos y esperanzas,
subsiste de remesa familiar,
de ese dinero malo
que gano con sudor y con tristeza.

Si la doble moral alimentara
no haría falta luchar contra el bloqueo,
no harían falta inyecciones de dinero
sucio y capitalista.



La verdad es que aquí me quedé porque se me hizo un nudo en la garganta. No es un buen poema, lo sé, es una catarsis, otra más, ya estoy casi curada de mi rabia.
Saludos,

Silvio Rodriguez - El sol no da de beber

Una de las pocas veces que he visto a Silvio (lo de ver es un decir porque la calidad de la imagen es mala) haciendo de actor. No sé a ustedes pero a mí me encanta. Nunca le agraderé lo suficiente por sus canciones.

Dos borrachas (de vida)



Esta es Marcela, argentina, astróloga y escritora de teatro, una bohemia integral, un personaje iluminado. La de la izquierda es una servidora. Esto fue hoy en una calle del casco antiguo de Palma.
Les dejo con más fotos que tomé en el casco antiguo, espero puedan sentir la atmósfera decadente que se respira en sus calles estrechas. Son siglos de historia.
El niño es el hijo de Marcela, Santiago.


miércoles, 29 de agosto de 2007

Francisco Umbral Quiere Hablar De Su Libro

Para que vean uno de sus momentos memorables. Para troncharse de la risa, era muy bueno, único.

Muerte de Francisco Umbral


Este blog está de luto por la muerte de un coloso. Ya nunca más podremos leer sus ingeniosos artículos. Dicen de él que fue "el poeta de la prosa", yo estoy de acuerdo.

Vaya aquí mi sencillo homenaje para quien me alegraba las mañanas.

Orgullo y dignidad

Ya van varias veces que tengo que quedarme callada cuando alguien menciona la escandalosa pérdida de valores éticos y morales que se nota en la sociedad cubana actual. Lo mismo he tenido que hacer cuando me llegan quejas sobre ciertas actitudes deshonestas de compatriotas que se aprovechan de la buena voluntad de los turistas para estafarles o contarles miserias que, aunque reales (qué duda cabe), dejan en mal sitio el tan reconocido orgullo cubano, esa gallardía que siempre nos caracterizó y que hoy parece escasear en la isla.
Y aquí sé que me estoy metiendo en un berenjenal, porque este tema tiene mucha tela por dónde cortar y muchos culpables, incluyendo los que estamos fuera y nos hemos desentendido un poco del curso de las cosas dentro de la isla, que es mi caso y el de muchos emigrantes que preferimos enajenarnos a observar impotentes el deterioro general del país.
Hasta hace poco mi impulso natural habría sido el de justificar estas actitudes, invitando a mis interlocutores a ponerse en nuestro pellejo, explicándoles que, ante una situación difícil como la que se vive allá, con escaceces y restricciones disímiles, todo se relaja, incluyendo la educación formal, un valor, por cierto, en franca decadencia desde que a los ideólogos revolucionarios les dio por hacer creer que todos éramos iguales, tal y como dictaba la teoría marxista-leninista (¿mala interpretación?, ¿mala filosofía?).
Lo peor fue que ese igualitarismo, esa igualdad forzada, se erigió sobre una base mediocre y de mal gusto, desechando todo cuanto oliera a refinamiento por considerarlo -vaya idea equivocada- "rezagos pequeño burgueses". El resultado de aquel experimento, lo digo para quienes no conocen mucho de Cuba, fue una sociedad en la que florecieron la doble moral, la envidia, la vulgaridad, etc. Vamos, lo más facilito, ¿para qué complicarle la vida a las masas populares que ya bastante entretenimiento tenían con la lectura de El Capital? Y entre tanto el "hombre nuevo" agonizaba en el vientre de su madre (porque nunca llegó a nacer, que yo me enterase).
Como iba diciendo, antes yo solía justificar con condescendencia tales actitudes ("la justificación es la prostitución del espíritu", me viene ahora a la mente una consigna, para variar). Mientras vivía en Cuba, y aún cuando estaba recién llegada, no veía nada malo en tener un poquito de doble moral, pero es que ni pensaba que ese replegamiento en función de las circunstancias fuera doble moral, ni siquiera sabía distinguirla. Tan deformada estaba, que no era capaz de ver estos dobleces que en mí misma se manifestaban (aún continúan manifestándose, aunque cada vez menos desde que me he propuesto erradicar esta rémora. Cuesta bastante porque la doble moral es muy cómoda y si uno la deja ella pervive ahí, agazapada pero presente, por los siglos de los siglos).
Últimamente cada vez me cuesta más dar por buenas determinadas cosas de nuestro país, y me siento más y más indignada cuando sufro, directa o indirectamente las consecuencias de tantos desmanes, tanta desidia, tanta acumulación de mierda.
Ya no se trata de problemas máso menos sencillos como que el pueblo llano no sepa hablar y mucho menos pensar por su propia cabeza mientras nos siguen vendiendo el cuento de que la educación que tenemos es la mejor de latinoamérica (además de la salud, claro), esos atrasos, en definitiva, los padecen casi todos los países latinoamericanos, aunque jode el embuste. Tampoco se trata de que se se hayan perdido (o al menos mi generación no conozca) ciertos detalles como las buenas maneras, las frases de agradecimiento, la cortesía en el trato, sobre todo en los servicios. Ya no se trata de que el pueblo se la pase enajenado bebiendo ron y jugando dominó (una opción muy válida, pero definitivamente no la única), de que, a falta de otras diversiones, todo se resuma en el sexo, omnipresente y enfermizo, o que el mal gusto esté generalizado en una población que hace lo que puede por sobrevivir entre tanta miseria.
No se trata sólo de eso. Se trata de cosas más profundas y dolorosas. Se trata de los miles de cubanos y cubanas que se han convertido en ladrones de guante blanco, embusteros por necesidad, que van acostumbrándose a hurtar aquí y allá, en los centros de trabajo, en cualquier sitio, da igual lo que sea, porque todo hace falta, y que no sé yo si llegado el momento sabrán poner fín a tan mala costumbre.
Se trata de esas mujeres y hombres que se prostituyen cada vez con más facilidad, y yo no soy moralista sino que creo que cada cual debe hacer con su vida lo que quiera, pero pienso en los malos ratos, en el gravísimo error de tomar la excepción como norma, y en esos adolescentes que crecen viendo este fenómeno con naturalidad. Pienso en el excesivo amor a las cosas que he podido constatar en una sociedad que se decía socialista y que hoy es víctima del consumismo más feroz, un consumismo de pacotillas, pero consumismo al fín y al cabo.
Pienso en el daño moral que nos ha hecho esa falta de seriedad de un gobierno caprichoso, extravagante e improvisado, que ha creado seres traumatizados, ya sea sin personalidad o con múltiples personalidades, sospechosamente adaptables, ambiguos, escurridizos, holgazanes, lerdos, informales, vulgares, incapaces, en fín.
Creo que me he pasado un poco con las críticas de una manera incómoda incluso para mí, pues todo esto me afecta directamente, pero este exorcismo va contra los que engendraron al Frankenstein que es hoy el pueblo cubano, no contra el pueblo que, en definitiva, es quien sufre las consecuencias.
Todo esto venía a cuento de que un amigo español que conoce mucho Cuba y ha ayudado en varias ocasiones a cubanos me comentara que lo que más le llama la atención es que los cubanos tenemos mucho orgullo, ese patriotismo absurdo que nos han inculcado, pero, dice mi amigo, que a ese orgullo no lo acompaña la misma dosis de dignidad, entendiendo por eso la dignidad de toda la vida: pagar las cuentas, no pedir por pedir, mantener la palabra, etc. No sé si darle la razón o discutir, quizás estoy un poco acomplejada por estas opiniones y me he pasado al lado hipercrítico, pues para que critiquen otros, critico yo.
Me duele tener que escribir esto, teniendo en cuenta que parte de mi familia, una parte muy cercana, vive en Cuba y temo por que puedan sentirse mal al leer esto, pero ellos saben que no va contra ellos, yo conozco su calidad humana, pero espero que etiendan que es imposible tapar el sol con un dedo y todo esto que he dicho es de sobra conocido.
Por último, para ser justa, quiero decir que los cubanos también tenemos muchos valores destacables, algunos de ellos (la solidaridad y el compañerismo, el humanismo) precisamente estimulados por la Revolución, ya se sabe que las cosas no son nunca en blanco y negro.

lunes, 27 de agosto de 2007

Más poemas adolescentes

Maldita indecisión

Inconforme que soy, que aún teniendo
el mundo entre mis manos no me sacio.
Las nubes con que sueño
me impiden ver el sol.

Estoy enferma
de grandes sueños,
de melancolía,
y de amor.

Camino y pienso
mientras camino
cómo sería mi vida,
si no hubiese sido
tal como es hoy.

Y cada paso que doy
lleva un paso arrepentido.

A veces miro atrás,
otras regreso
a buscar lo que dejé
en el camino.

Fama y aplausos

Hagamos algo que sirva para todos,
algo multipropósito, por ejemplo:
un poema de amor,
un cuento de relajo,
una peli de acción,
un artículo de belleza,
una dieta,
una receta de cocina,
un solo de decoración,
una reseña deportiva,
una historieta,
un editorial,
un anuncio masivo, masivo, masivísimo,
una concentración.

Solo así pasaremos al salón de la fama
que es el nombre secreto
del cuarto del olvido.

La mueca

Una mujer camina por las calles
luciendo su mejor sonrisa
como un juguete de vidriera
que pide a gritos ser comprado.

Hay sonrisa para todos,
está la diplomática,
la sonrisa seductora,
la de niña inocente,
y la de convencer a quien sea necesario.

Pero lo cierto de todo es
que tras de la sonrisa hay una mujer triste,
una mujer extraña,
que por este motivo no encaja
ni aún en su propio cuerpo.

Esa mujer sonrisa es como un pozo
de infinita tristeza,
un volcán en peligro de erupción
que nunca se sabe cuándo y cómo estalla.

El llanto la sorprende sin quererlo
en medio de una fiesta,
o en la calle
mientras hace las compras
cualquier día del año
(da igual que sea festivo).

Y la sonrisa que sigue pegada
a su cara,como una careta,
le desfigura el rostro en una mueca,
le desvirtúa el llanto
en una risa histérica.

Pobre mujer que no puede llorar,
que anda de risa en risa tras el llanto.

Y cuando llora
entonces se transforma
ya no en un arcoiris,
ni siquiera un Pierrot,
sino en una grotesca,
triste,
inexplicable
caricatura.

Nueva campaña de la DGT

La Dirección General de Tráfico ha iniciado una nueva campaña en la que desaconseja rotunda y enfáticamente practicar el sexo (cualquier clase de sexo) mientras se conduce. Bajo el lema “Si sexo no conduzcas, si conduces, no sexo” ha lanzado una campaña contra la líbido interprovincial.
La agencia publicitaria encargada de realizar el spot ha tenido que presentar varios proyectos ante la dificultad de los creativos para ponerse de acuerdo sobre cómo enfocar este delicado asunto con la sobriedad requerida.
El primer spot no pasó la censura. En él aparecían fotografías reales de accidentes, pero las expresiones de los conductores en el momento del accidente no resultaban demasiado impactantes. Entonces un experto, tomando como base esta idea pero evitando que se vieran las caras, realizó un spot más dramático y aconsejó emitirlo en horario nocturno.
Lejos de concienciar a los conductores, este spot significó un auténtico fenómeno de rebote: cientos de miles de parejas se lanzaron a probar el sexo en marcha. Ante el aumento sin precedentes de tan temeraria conducta, los directivos de la DGT decidieron instalar luces en todas las carreteras oscuras, así como cámaras dotadas de un potente sistema de infrarrojos para grabar las 24 horas y castigar con multas a los calenturientos conductores.
Esta medida resultó, sino efectiva, al menos una rica fuente de ingresos para este organismo, que ya andaba escaso de fondos.

sábado, 25 de agosto de 2007

Chega de saudade - Gal Costa

Ve, tristeza mía y dile a ella que sin ella no puede ser... Así empieza esta bella canción de Antonio Carlos Jobim, más bonita aún en la voz dulce de Gal Costa.
"Chega de saudade" o Basta de tristezas , aunque saudade significa muchas cosas en portugués: nostalgia, melancolía... como la que me invade a mí esta noche. Difrútenla.

Tras la puerta

Terminó de bañarse con la última estrofa de la canción que se le había pegado aquella tarde. Comenzó a secarse lentamente: el cabello, los brazos… cuando la asaltó una duda: ¡Pero no, no puede ser! ¿En qué cabeza cabe? Solamente en la suya, retorcida como rama de árbol seco.
Era imposible, concluyó. No obstante aceleró el procedimiento: los pies, el cepillo, el dentífrico, casi estaba terminando de cepillarse los dientes cuando se miró al espejo: “simplemente estás loca ¿cómo se te ocurren esas ideas?”- se dijo mientras sonreía incrédulamente.
Unos pocos metros la separaban de la habitación; y la simple hoja de una puerta para entrar en cualquier momento. Podía tocar antes, para no tropezar con imprevistos o, de lo contrario – si se atrevía – abrirla y entrar como si nada, con naturalidad, como una turista japonesa. Luego, si no le gustaba el panorama, salir y punto. Lo peor ya habría pasado.
Mientras vacilaba de ésta manera continuaba mirándose al espejo: se gustaba de veras: “no estás nada mal ¿verdad? No eres de portada de Vanidades, pero tampoco de caricaturas”. Todo eso estaba perfecto… pero regresando al tema que la preocupaba: ¿qué haría? ¿Traspasaba el umbral de la puerta, o no?
Suponiendo que su sospecha fuera fundada tendría dos reacciones probables: una – la más convencional – cerrarla de inmediato, por pudor, y luego mandarlo todo a la mierda, de una forma elegante y sin perder la clase, tal y como recomienda el manual de buenas costumbres para futuras señoritas reprimidas.
La otra reacción conllevaba ya un despliegue de histrionismo: buen tono de voz – sin temblores inoportunos – y una adecuada carga emotiva en cada una de las frases. Si ese era el camino, irrumpiría bruscamente en la habitación derribando adornos y dispuesta a cualquier cosa… Pero no lograba imaginarse en esa posición de mosquetera, decididamente no iba con su estilo.
Pensándolo mejor llegó a la conclusión de que le quedaba una tercera opción: entrar a hurtadillas y decir que iba en son de paz, y, tal vez disfrutar del espectáculo; quién sabe si también el valor le alcanzara para formar parte. Después de todo, eso pasa en las mejores familias.
Mirándolo fríamente descubrió que no sentía incomodidad alguna. Por más que escarbara no lograría encontrar malestar. "Es gente muy querida" –se dijo, reflexionando sobre la delgada frontera entre amor y amistad. "¿Acaso la amistad no será el amor disfrazado?"- se preguntó.
"No existe malestar", concluyó, y dicho esto abrió la puerta de la habitación, decidida a encontrar una respuesta.

viernes, 24 de agosto de 2007

Amo al árbol




Amo al árbol que yace junto a mí
porque es de roble
bueno y noble.

Amo a ese árbol
no sé por qué motivo.
Quizás porque me escucha y desde su silencio
sé que me entiende
y aunque no pueda decirlo
lo veo en sus hojas verdecidas,
lo veo en su sombra acogedora.

Un día le hice daño, sin quererlo
rasgué su tronco fuerte y poderoso,
con manos miserables.

Lo creí viejo y seco,
pero nunca fue el fruto más sabroso,
y nunca mi conciencia más amarga.

Quizás estaba escrito
que yo habitara un árbol como éste
en esta vida.
No un pájaro, no un pez, un árbol fuerte.
Admirable volumen de músculos y nudos.
Más frágil si más recio.

Bello y fuerte como un felino en guardia.
Seco y dulce como un hombre de antes.
Silencioso.



jueves, 23 de agosto de 2007

Puesta de sol en Montüiri




Hola chicos:

Hoy estuve en las fiestas de San Bartolomé, o Sant Bartomeu, como se dice en catalán, que son típicas de Montuiri, un pueblo de Mallorca, precioso pueblecito donde tuve la oportunidad de contemplar una puesta de sol sobre las montañas, un espectáculo que hacía mucho tiempo no observaba, (es lo que tiene vivir en la ciudad).
Las fotos no son excepcionales pero reflejan en parte esta escena bucólica: el campo mallorquín, que tiene su encanto, y los tonos rojizos (tan característicos de los ocasos cubanos).
La que contempla la puesta de sol es Marga, una amiga.
Por cierto que no pude ver a los cossiers, que son los que bailan con sus trajes típicos y que lo hacen pocas veces al año, en especial en estas fiestas, yo fui a verlos por un lado y ellos se fueron por otro, pero bueno eso me da un pretexto para ir el año próximo.
Cada vez me gusta más el campo y la gente de campo, son más auténticos, menos rebuscados.
En fín, que disfruten de esta puesta de sol como yo la he disfrutado.
Hasta pronto,
Yo.




martes, 21 de agosto de 2007

Viaje al centro de mí misma

Quería hacer una crónica de mi viaje a Barcelona, pero luego me dí cuenta de que en realidad no ví Barcelona, sino que esta ciudad, como hubiera podido ser cualquier otra, fue el pretexto para realizar un viaje interior y, de paso, como quien no quiere las cosas, ver mundo. Pero sólo de soslayo, con los ojos entrecerrados.
Este viaje me sirvió para pensar y poner orden a mi vida. El efecto de viajar, dicen, es dar la sensación de que el tiempo se detiene, tomar distancia de tu realidad, distancia física que de algún modo simbólico se transforma en distancia mental, y ver las cosas claramente.
Yo ví mis problemas despejarse incluso antes de salir. Escéptica como soy siempre desconfié de la idea del viaje como solución mágica. Siempre me he opuesto a quienes piensan que viajando van a escapar de sus problemas. Pero ahora que lo he experimentado en carne propia tengo que decir que sí que ayuda, sino a encontrar la solución a los problemas, al menos a actuar con mente fría.
Lo mejor de mi viaje fueron los amigos nuevos que hice, amigos que ya son imprescindibles para mí, como Fabien, Yoyi y María, los compañeros de piso de Faby: Pedrito (cubano), Marco (italiano) y Verónica (uruguaya), quienes hicieron mi estancia más agradable y me brindaron su cariño desinteresado.
Claro que no fueron esas las únicas personas con las que interactué, también conocí a otras, algunas muy interesantes, por cierto, entre ellas a Jorge Ferrer, autor del blog El tono de la voz. Con él y con Jorge Pérez, esa mente sensible detrás del blog Segunda Naturaleza estuvimos hablando de todo un poco en un bar del barrio de Gracia (atestado a causa de las fiestas), por supuesto que el tema de Cuba y su futuro salió a colación, pero eso será otra crónica.
Cataluña me mostró su lado más amable, fue mi anfitriona sin hacerse notar demasiado, no ostentó sus riquezas, que las tiene, y me dejó recorrerla sin rumbo definido. Ya sabe ella que volveré porque lo que entreví me pareció atractivo, y esta visión ya fue suficiente para saber que la amaré por mucho tiempo.
En fín que la pasé muy bien y que ya estoy deseando volver, pero ahora hay que sentar cabeza, es lo que corresponde a esta etapa, que esperemos que no dure demasiado, ya que el orden y yo no tenemos nada que ver.
No obstante, qué bien se está en casita.









Amigos en la fiestas del barrio de Gracia.


Barcelona es poderosa, Barcelona tiene poder


Hola chicuelos calurosos (o no) de este agosto raro raro:
He estado en Barcelona, les dejo con unas fotos de esta ciudad poderosa, como dice Peret en su rumba catalana.
Saludos,
Ivis.















Pronto subiré más, si esto no fuera tan desesperante subiría muchas, pero es muy lento.
Abrazos y besos,
Ivis.


lunes, 20 de agosto de 2007

La cucaracha, la cucaracha...

Esta es la historia de una mujer que le temía a dos cosas en la vida: a los pelos y a las cucarachas.
Lo de las cucarachas ya lo había resuelto. Cada día rociaba los rincones de su casa con un líquido venenoso, tan potente, que eliminaba cualquier posibilidad de brote de aquel asqueroso insecto. Pero el terror que le provocaban los pelos era más difícil de combatir: estaban por doquier.
“Todas las personas tienen pelos, y casi todos los animales de compañía”, calculaba espantada. Y a pesar de que ella se depilaba regularmente y no tenía animales de pelaje, no podía evitar que entrasen por la ventana, o encontrarlos en cualquier lugar público. Por ese motivo vivía encerrada a cal y canto, y cuando salía a la calle, lo hacía siempre preparada para “despeluzar” todo cuanto fuese a tocar: su puesto de trabajo, el asiento del autobús, o la mesa del restaurante donde comiese.
El único sitio donde no necesitaba sacar sus instrumentos de limpieza era el bar de la esquina de la agencia donde trabajaba; el mozo, tan atento, ya la conocía, y en cuanto ella entraba le limpiaba bien su mesa, para que pudiera sentarse confiada. “Aquí si vale la pena venir a tomarse un café” -decía siempre al camarero-. Pero en los demás lugares no, en los otros tenía que sacar su equipo: un par de guantes desechables, servilletas y el alcohol de noventa grados que compraba al por mayor. “Hay qué ver qué caro me sale el vicio” – decía a Rita, su compañera de trabajo y única amiga, mientras desinfectaba la ventanilla a través de la cual atendía a los clientes. “Estos hombres con pelos en los brazos me ponen histérica” – protestaba, mientras frotaba con la servilleta empapada en el alcohol, que luego botaba, con guantes y todo, a la basura.
Lo que más le costaba era mantenerse depilada, como único se sentía a gusto. Cada tres días repetía su ritual: mientras llenaba la bañera retocaba su calvicie con una navaja de barbero. Lo de afeitarse con una navaja lo había sacado de "El color púrpura". Tanto le había gustado el estilo que decidió copiarlo, y aunque al principio le costaba no cortarse, cada vez le resultaba más fácil, incluso lo hacía en tres pasos. Cuando estaba absolutamente rapada, pasaba a depilarse las incipientes cejas con cera caliente, ahí se divertía de lo lindo, haciéndole muecas al espejo con los parches de colores sobre los ojos. Y cuando se los arrancaba de un tirón sentía verdadero placer.
Luego le tocaba el turno a las pestañas. Como extraérselas era muy doloroso, había optado por recortárselas y ponerse en su lugar unas postizas. Cuando se encontraba limpia del cuello para arriba, se sentaba en el borde de la bañera y procedía a segar, máquina en mano, los minúsculos cañones de sus piernas y de sus partes pudendas. Con un gesto de asco los miraba desprenderse de la hoja de afeitar y caer al agua. Eran como bichitos pequeños, hormiguitas, pero ni con ese aspecto inofensivo lograban engañarla: eran terribles.
Continuaba su liturgia eliminando los vellos más difíciles, esos que se escondían en los recovecos de su cuerpo, con una crema depilatoria extra fuerte. Una vez culminado el proceso y cuidando de no tocar el agua sucia con las piernas, halaba desde fuera el tapón y dejaba irse lo que ella llamaba “la contaminación”, barriendo con la ducha los restos que pudiesen quedar en las esquinas de la bañera. Entonces, y sólo entonces, se bañaba.
A pesar de su calvice total, nadie en su trabajo sospechaba de su aspecto pues usaba una peluca rubia y lacia, muy natural. Y a pesar de que los falsos cabellos le rozaban el cuello constantemente, no sentía asco de ellos, pues eran eso: falsos.
Lo que más le espantaba de los pelos no eran ellos por sí mismos, sino lo que podían esconder, millones de microbios, caspa, grasa, en fin, todas esas inmundicias humanas que ella lograba mantener a raya gracias a su cuidadosa higiene.
Siempre pensó que se quedaría sola, era tal la repugnancia que le provocaban los varones con sus bigotes y cuerpos de peluche, que sabía de antemano que no soportaría aquello, pero un día, mientras trabajaba, conoció al hombre más hermoso que había visto en su vida, todo un tipazo, con el único defecto -para el mundo- de ser absolutamente calvo.
Fue amor a primera vista. Él se acercó a su ventanilla y le preguntó cualquier cosa. Ella contestó algo intrascendente, pero esbozando su mejor sonrisa, que él correspondió invitándola a salir. Ella aceptó, emocionada, aunque por fuera intentase disimular su contento.
Aquella noche tuvo por fin su primera cita y su primer orgasmo. El calvo era tan guapo que, de solo mirarlo, le daban taquicardias. Él, por su parte, estaba complacido, pues desde que perdió el cabello casi ninguna mujer -mucho menos tan hermosa como ésta- se había fijado en él.
Puede decirse que entre ellos existió desde el primer instante una química forzada: dadas las circunstancias, se aferraron mutuamente con desesperación de náufragos, aunque ninguno de los dos sabía por qué.
Con el pretexto de un café, ella lo invitó a subir a su apartamento. Era el momento de las confesiones, pero por nada del mundo habría revelado ella su secreto a aquel Adonis que la miraba amorosamente. No lo habría revelado… de no ser por el incidente que ocurrió veinte minutos más tarde. En efecto, mientras rodaban ya por las sábanas, él, en un arranque de pasión la agarró por el pelo y vio asombrado cómo se le desprendía el cuero cabelludo, que lanzó al aire asustado.
Ella, sin saber dónde esconderse, se cubrió rápidamente con las manos, se acurrucó en un rincón de la cama, pidiéndole, entre sollozos, que le devolviese su peluca. Entonces él reaccionó, y rápidamente le entregó la melena rubia, deshaciéndose en disculpas por su torpeza. Ella extendió la mano y colocó el preciado objeto sobre su cabeza, pero continuó en su posición fetal, avergonzada hasta que él, suavemente, le pidió que le mostrase su aspecto verdadero, cosa que no fue fácil porque entonces ella comenzó a llorar. Pero él no era hombre de darse por vencido, así que insistió una y otra vez, con suavidad, con esa galantería recién estrenada que llevaba tanto tiempo ensayando. Insistió tanto que, poco a poco, ella fue sacando la cara de entre los brazos, hasta dejarla al descubierto.
La despojó de los falsos cabellos, con cautela, y la observó un instante -eterno para ella- a la luz de las velas: “calva y todo, es preciosa”, pensó al ver esa cara de luna que lo miraba con ojos gachos, como pidiendo perdón.
Nunca antes había experimentado esa sensación, a medio camino entre la lástima y la ternura, pero lo cierto es que en aquel momento se quedó sin habla, y a lo único que atinó fue a besar la brillante testa una y otra vez, primero con delicadeza, luego con una pasión inaudita, desesperada. Sus emociones, ésta vez las de él, por tanto tiempo contenidas, afloraron en forma de lágrimas. Un llanto sin motivo aparente, que ella aplacó con instinto maternal, susurrándole palabras de consuelo. Le decía: “mi vida, mi amor, ya pasó”, en tanto él se acurrucó en su regazo como un niño abandonado, antes de poseerla con tal furia, que los gritos de ambos se escucharon en todo el vecindario.
A la segunda semana ya vivían juntos, ella le pidió que se quedase en su casa, había encontrado al hombre de su vida y no lo dejaría escapar tan fácilmente. Con el tiempo y el amor se fueron espantando, de a poco, sus temores: ya no envenenaba cada día los rincones de la casa, sino de vez en cuando, porque el tiempo no le alcanzaba, ocupada como estaba descubriendo los entresijos de su sexo.
Siguiendo el consejo de su calvo, quien no podía soportar el bochornoso agosto “encerrado entre aquellas cuatro paredes” decidió abrir las ventanas al mundo exterior. Primero las abrió con recato, interponiendo entre el aire exterior y su santuario una tela metálica que le servía de protección. Pero de esta manera no lograba aplacar el ardiente verano, y en vistas de que continuaban los malos humores de su marido, los despertares sofocados en medio de la noche y las miradas de reproche, resolvió abrirlas de par en par, segura -pues se lo había hecho prometer- de que si se colaba algún cabello, ahí estaría él para quitarlo.
Aquella ventana abierta delante de sus ojos al amanecer era la causa de sus cada vez más frecuentes pesadillas. En la más recurrente ella entraba en un local aparentemente normal, que luego se transformaba en una peluquería donde quedaba presa, rodeada por miles y miles de pelos que lo abarcaban todo, menos un sillón que se alzaba cual isla salvadora. Ahí quedaba atrapada dando vueltas delante de los espejos, por los siglos de los siglos. Cada vez que despertaba de ese horrible sueño se sentía vieja y cansada, e iba directamente a darse un baño, por si acaso.
Él aceptó sus aversiones sin darles demasiada importancia, era tal la pasión que le despertaba aquella hermosa y rara mujer, que todas sus manías le parecían encantadoras muestras de su gran personalidad. Si en alguna ocasión sus excesos llegaban a abrumarle, la avalancha de besos que recibía luego le bastaba para perdonarla.
Había transcurrido un año de feliz convivencia cuando sucedió que una noche, mientras dormían desnudos bajo las sábanas, ella, que tenía el sueño tan ligero como un suspiro, escuchó un sonido inconfundible y aterrador. Se cubrió la cabeza con la sábana, porque ya sabía de que se trataba: por la ventana abierta había entrado volando una cucaracha. ¿Cómo no reconocer el sonido espantoso de su aletear? ¿Qué hacer ante tal situación?
El calvo dormía a su lado, tan profundamente que sus ronquidos daban envidia al mismo Morfeo. Ella sabía que no le gustaba que lo despertasen, se ponía de mal humor, pero tampoco podía dejar que aquel insecto asqueroso entrase en su morada como si tal cosa. Ya comenzaba a escocerle la rodilla, luego se llenaría de ronchas y de colorados, y ni siquiera quería imaginarse qué podría estar haciendo aquel bicho en su cuarto, por dónde estaría pasando, contaminando todo a su paso. A ese ritmo iba a tener que lavar todo el mobiliario, cambiar las sábanas, qué horror, por no pensar que pudiera colarse en la cama, eso ni muerta, no podía tolerarlo. Se llenó de valor y lo despertó:
- Mi vida, mi amor... despiértate.
- Dime mujer, es tarde ¿qué quieres?
- Es que entró una cucaracha por la ventana.
- ¿Y qué?
- ¿Cómo que y qué? – ya no pudo contenerse – ¡pues que la mates! – y encendió la luz, inclemente.
- ¡¿Cómo?! – dijo él, sentándose de un tirón. Pero ella lo miró con sus grandes ojos, que lo llevaban a complacer todos sus caprichos. – Bueno, está bien ¿dónde está?
- No sé, yo me voy y no regreso hasta que no la hayas matado.
Y lo dejó solo en medio de la habitación, con un sueño de mil demonios y una tarea que cumplir: matar a la cucaracha invasora. Se levantó y tomó la pantufla de ella, pero reflexionó, sabía que si lo hacía, su mujer no volvería a ponérsela. Entonces optó por sus zapatos, un poco más pesados, así no escaparía con vida el maldito animal.
Se sentó en la cama a observar el panorama, no veía nada. Comenzó por mover ésta hacia adelante, ni una señal. La pesada cómoda fue lo segundo, pero igualmente fracasó. Quitó las sábanas, y las enrolló encima del colchón, por si acaso se había metido debajo – quien lo viera lo confundiría con un policía ejecutando una orden de registro.
Ya comenzaba a tomarle el gusto a la “operación cucaracha”, siempre había querido tener algún motivo para desorganizar aquella habitación primorosa sin que viniese su mujer a regañarle. Con una linterna alumbró la parte trasera del armario, donde no cabía ni un palo de escoba, y justo ahí, en medio de la planicie, pudo percibir un bulto: ahí estaba.
Mientras tanto ella vociferaba desde el baño, adonde había ido a encerrarse, si ya la había encontrado, sin importarle para nada que fueran las dos de la mañana.
Después de darle el parte sobre el estado de la situación se dispuso a hacer acopio de toda su potencia para tratar de mover el armario él solo, sabía de antemano que con el apoyo de su mujer no podría contar. “¡Y uno, y dos, y tres!”. Haciendo un esfuerzo sobrehumano logró ganar cinco centímetros, “al menos el palo de la escoba pasará”, se dijo, mientras apartaba el sudor que ya le bajaba por la frente.
Pero la cucaracha, además de fea, había resultado astuta, y al sentir el movimiento había salido volando hacia el techo ¡después de la fuerza que había tenido que hacer! Indignado, no aguantó el desafío y lanzó un zapato hacia el aire sin pensarlo dos veces, pero falló, y el insecto continuaba inmutable, parecía burlarse de él. Entonces, para sacarlo realmente de su sano juicio, la voz desde el baño: “¿ya la mataste querido?”, como si él no estuviese haciendo todo lo posible, total ¿qué le importaba a él dormir en la misma habitación con una infeliz cucaracha? Ya estaba de mal humor.
“Ya va, mi vida” – contaba hasta diez y respiraba profundo antes de contestarle. Lanzó tres zapatazos más, el sonido iba a despertar a todo el vecindario, para colmo, el dichoso insecto se había colado por debajo de la puerta del armario de los libros, que estaba empotrado en la pared. El hombre se dio por vencido: a esa hora no se iba a poner a sacar uno por uno los libros. Entonces tuvo una idea salvadora: si ponía un periódico debajo de la puerta, no podría salir, y ya no iba a molestar más, y así lo hizo, pero antes, para despistar, dio un último zapatazo, el más fuerte de todos, contra el suelo. Ella preguntó nuevamente si al fin la había cazado y sin más rodeos le dijo que sí, quería volver a dormirse cuanto antes. La voz del baño inquirió entonces si todavía estaba por ahí, pero la respuesta fue tranquilizadora: la había tirado “por donde mismo entró”.
La asustada fémina salió del aseo midiendo sus pasos, como si de pronto el animal se le fuese a abalanzar encima. Y comenzó el interrogatorio:
- ¿Cómo la mataste?
- Con un zapato.
- ¿Cuál?
- Mis zapatos deportivos ¿por qué?
- Bien, porque esos están viejos, los podemos botar. ¿Y cómo la tiraste? ¿Por la ventana, dices?
- Tirándola. Ven, anda –la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí– vamos a dormir.
Ella se separó bruscamente:
- Sí, pero antes dime ¿con qué la cogiste?
- Pues con las manos, con qué va a ser.
- ¡Anjá, ya sabía yo! Pues nada de dormir, ahora tienes que desinfectarte.
- Pero mi vida, mira...
- ¡Nada de mi vida! ¡Al baño!
El lampiño no podía más de la incomodidad que tenía, aquello era ya un desafío a su tolerancia, decidió que tenía que ponerle límite a aquel capricho, y sin escuchar nada más, se acostó y se tapó hasta la nariz. Esto provocó a su mujer un soberano ataque de histeria, comenzó a dar pataletas en el suelo, a gritar y llorar desconsoladamente. Él trató de aplacarla: “pobres vecinos” – le decía – pero a ella parecía no importarle. Tras media hora, en que él no pudo conciliar el sueño, pero tampoco había desistido en la idea de lograrlo, ella seguía obstinada en su llanto, que había pasado a ser más tranquilo, como un lamento de funeraria. Ya lo había amenazado con suicidarse, con prenderle fuego a la habitación, con dejarlo, pero él hizo caso omiso.
Sin embargo comenzó a preocuparse cuando, pasadas dos horas del incidente, se despertó del letargo en que por fin pudo caer y la vio, parada a los pies de la cama, mirándolo con ojos desorbitados y frenéticos. Ya era demasiado: ¿hasta dónde era capaz de llegar aquella hembra por conseguir lo que quería? Por eso la amaba tanto, por su tenacidad y fuerza de carácter.
- ¿Qué quieres que haga? – le dijo, vencido.
Ella no pronunció palabra, solamente le hizo señas de que la siguiera, y así lo hizo. Una vez en el baño, le ordenó que se quitase la ropa, y él obedeció ¿qué otra cosa podía hacer?
Se metió en la bañera, siguiendo sus instrucciones y abrió la llave del agua tibia, ella lo observó ducharse sentada en el retrete, con una mirada rara, como ausente. Le indicó que se restregase fuerte con la esponja, y se restregó. Cuando terminó le pidió la toalla, que ella mantenía encima de sus piernas, pero para su sorpresa, no se la cedió, simplemente le dijo:
- otra vez.
- ¡¿Qué?!
No valía la pena preguntar, así que comenzó una vez más, para salir de aquel purgatorio, la miraba, inquieto, pero ella bajaba la vista. Parecía como si, con su silencio, lo acusara de haber cometido una falta muy grave.
Esta vez terminó más rápido, y antes de que le diera tiempo a secarse, ella le extendió una botella con un líquido incoloro, y volvió a sentarse en su trono.
- ¿Y esto qué es ahora? – preguntó, en el límite de sus fuerzas.
- Alcohol – respondió secamente – debes desinfectarte bien. – y ahora su voz adquirió un tono apacible, como cuando un médico indica un tratamiento.
Entonces comenzó a dudar de su cordura, ya no era cosa graciosa, no obstante se echó el alcohol encima, quería acostarse de una vez, pero vaciló mientras ella avanzaba hacia sí: ¿por casualidad no tendría un fósforo en la mano? La sospecha lo tuvo dos segundos, eternos, rozando la fatalidad, cerró los ojos y no los abrió hasta sentir en su cabeza la textura suave y cálida de la toalla. Respiró aliviado, y no alcanzó a ver la cara de su mujer, que ya salía del baño como un espectro que hallase reposo.
Finalmente fue a acostarse, ella cambiaba las sábanas por otras limpísimas. Esperó pacientemente a que terminara y luego se acostó, dándole la espalda. Estaba furioso, cansado, no valía un centavo.
Durmieron toda la noche separados, pero al amanecer, a la hora de enredar los pies y olvidar los problemas, él intentó pasarle una pierna por encima, como de costumbre, y ella lo apartó de tal empujón, que le hizo volver a despertarse. “Qué mujercita la mía” -pensó- “quien tiene que estar enfadado soy yo y sin embargo se han invertido los papeles, mañana lo arreglo”, y volvió a dormirse.
Al día siguiente no pudo arreglarlo, ni en los días sucesivos. Su mujer había dado comienzo a la guerra fría–caliente: por las mañanas el desayuno humeante, sabroso, le hablaba con el mismo tono de siempre, pero cuando intentaba acercársele, se escabullía, y si trataba de tocarla se transformaba en una estatua. Cuando ya no aguantó más la tortura, le inquirió:
- ¿Se puede saber qué te sucede? ¿Hasta cuándo vas a tratarme de este modo? ¿Qué te hice para que me trates así?
Ella, sin inmutarse, contestó:
- Nada.
- Te lo voy a preguntar de nuevo – respiró profundo – dime qué te pasa.
- Nada – con la misma mirada ajena.
Ese fue el detonante, la cólera que fue acumulando en los anteriores días se le subió a la cabeza. La agarró por los brazos, la zarandeó fuertemente y la lanzó contra la cama, abalanzándose sobre su cuerpo, tan rígido que no le permitía ni abrazarla.
Y sin saber lo que hacían sus manos, se desabrochó la bragueta, y ya empuñaba el miembro contra la cara de su amada, que no mostraba la menor señal de conciencia. Se lo colocó delante de la cara, y con él le golpeó las mejillas como si tocase una puerta con un aldabón, pero no obtuvo más respuesta que un cierre de pupilas y una lágrima lo devolvió a la realidad.
La imagen del espejo le asustó y se incorporó rápidamente. Volvió a llorar como sólo podía hacerlo delante de ella, sólo que esta vez su amada no lo acunó entre sus brazos, pues continuó en su actitud ausente.
Avergonzado, se agachó a sus pies y le rogó que le explicase qué daño le había hecho. Ella, más tranquila, bajó la mirada y le dijo estas palabras, como si hubiese aprendido a hablar de carrerilla:
- Tú estás sucio. Has tocado la cucaracha. Debes desinfectarte.
- ¿Pero cómo? ¿Es que acaso no hice todo lo que me pediste?
Y ella, otra vez sin alterar su tono de voz, le explicó:
- No es suficiente, necesitas tiempo, si me quieres podrás esperar, pero por favor, no me toques hasta entonces, me haces daño.
Hubiera querido decirle que no había tocado la maldita sabandija, eso habría puesto fin a la barrera, pero sabía que comenzaría otra batalla, mucho peor, de modo que optó por la opción del tiempo. La suya era una mujer muy caprichosa, pero así y todo la deseaba tanto que prefirió esperar a perderla.
Así pasó una semana, en la que se trataron con la más cordial de las actitudes, aunque sin roce alguno, ni siquiera en la cama, a pesar de que su deseo era cada vez mayor. A la segunda semana ya su cuerpo era presa de la lujuria y soñaba con sexos húmedos y deliciosos, mientras su mujer embellecía al calor de la distancia. Ella, sin embargo, no parecía muy afectada, continuó sus rituales como siempre: el baño interminable, la limpieza de todo a su alrededor, todo igual. De vez en cuando le pesaba la conciencia cuando pensaba en su marido, tan bueno, tan paciente... pero volvía en sí cuando le imaginaba cogiendo la cucaracha con las manos. Pensar en los microbios que habría contraído le quitaba los deseos de abrazarlo.
A la cuarta semana ya los ánimos del hombre estaban caldeados, pasó de la simple masturbación a la contemplación de películas pornográficas de manera enfermiza, ya no pensaba tanto en su mujer, sino en las otras, a las que veía en poses imposibles, y en sus sueños no era el cuerpo de su amada, sino el de ellas, pero la cara no, la cara era la suya, con aquella cabeza de luna llena que lo enardecía.
Una de esas mañanas en que corría pistas para evacuar sus bríos, tuvo una experiencia tan extraña como excitante: una mujer que pedía limosnas en la calle se había quedado mirándolo hasta perderlo de vista, mientras se acariciaba el pubis descaradamente. No era hermosa, más bien desagradable a la vista, llevaba el pelo largo y despeinado, sobre los ojos. Era morena, y en sus ojos pétreos se podía adivinar un misterio, un deseo, algo que nunca había encontrado en ninguna hembra.
Pasó de largo, ya lo suyo era grave - se dijo - ¡ponerse caliente con una mendiga! ¡Era el colmo! Aquella espera lo iba a hacer enloquecer.
Al llegar a la casa encontró la misma frialdad, pero ya se estaba acostumbrando. Esperó, como los días anteriores, a que se durmiese, echó a andar su película y comenzó a acariciarse, pero pronto se dio cuenta de que no estaba pensando en aquellas mujeres de cuerpos estilizados, ni en la calva brillante de su adorada. Un rostro ajeno, una forma ilusoria, y una melena negra se erguían sobre él. Ya no aguantaba más.
La jornada siguiente se levantó más temprano, cuando aún era noche cerrada, para hacer su recorrido, se despidió cortésmente de su mujer, que se arreglaba para ir a trabajar. Al llegar al tramo de camino por donde había encontrado a la mendiga la mañana anterior, aflojó el paso. La encontró durmiendo en un banco, tapada con cartones. Sin pensarlo dos veces la despertó, la tomó por una mano y ella, sin hablar ni una palabra – ya que era muda– lo siguió. Calculó que la casa ya estaría vacía, eran las siete y cuarto.
Subió los cuatro pisos andando, rebosaba vitalidad, y no quería tropezarse con ningún vecino en el elevador, llevaba de la mano su trofeo de caza. La idea era descabellada, pero el ardor no impedía que actuase con cierto sentido común: primero preparó la bañera con agua tibia, mientras la despojaba de sus ropas ajadas y ennegrecidas. Ella no opuso resistencia, en sus ojos se veía el mismo apetito del día anterior. La bañó con el rigor que su mujer le había aplicado la noche del incidente. Las carnes fláccidas y los senos caídos, tan diferentes de los de su amada no aplacaron el deseo que sintió por aquella bestiecilla, de asombroso parecido al pecado. Cuando la montó, en la misma cama de sábanas impolutas donde tantas veces hiciera el amor con su musa, gozó como un colegial acariciando, halando, frotando la larga y rizada cabellera que caía sobre su pecho. La muda emitía tales alaridos de placer que más que humanos parecían los de una gata en celo, lo cual aumentó el deleite hasta proporciones nunca antes soñadas por él. La embistió con todas las fuerzas y todo el deseo acumulado durante su cuarentena. Se vengó por todo lo que le estaba haciendo su mujer, la golpeó, la vituperó, la amordazó, y ella no pudo decir ni una palabra, sus ojos en cambio no mostraron más aquel placer, sino un ligero reproche, como el de una madre hacia un hijo que ha actuado mal. Al parecer la vida la había maltratado mucho más.
De pronto ya no le resultó excitante, fue saboreando poco a poco el patetismo de la escena. ¡Qué mujer tan horrible!, pensó, e igual que la trajo se la llevó de allí, no sin antes organizar el campo de batalla.
Mientras esperaba a su amada sonrió pensando en la ironía del hecho: la había traicionado en su casa, en su cama, y no sentía remordimientos; “bah, eso le pasa por ser tan escrupulosa” – se decía.
A su llegada la recibió con la sonrisa que llevaba toda la tarde pegada a su rostro y que le hacía parecer un muñecón de carnaval. Ella notó algo extraño, pero estaba demasiado cansada para pensar, fue directo a darse una ducha tibia. Como no era su día de depilación podía bañarse rápidamente y luego descansar. Al llegar al cuarto de baño notó un olor raro, pero supuso que era la ropa de deporte de su marido. Se metió en la pila y cerró los ojos mientras el agua generosa le devolvía el aliento. Extasiada, comenzó a frotar el jabón contra la suave esponja, ya iba a cerrar la llave para enjabonarse cuando de pronto lo vio. Ahí estaba la prueba del delito: un cabello negro y enroscado justo encima de la llave del agua, ¡que ella había tocado minutos antes! Aterrorizada, dejó escapar un grito, que alarmó a su marido. La mirada de él le dijo lo demás: el rizo no estaba ahí por casualidad.
Al menos un minuto permanecieron mirándose, sin agachar la vista ni el uno, ni la otra. Un minuto al cabo del cual eran dos extraños parados frente a frente ¿o acaso ya lo eran antes? Ella comenzó a sentir que una lengua de fuego la quemaba por dentro, se volvió pesada, hubiera sido necesaria una grúa para moverla. Como en un calidoscopio, se mezclaban en su mente la visión de aquel cabello con la expresión culpable de su marido y sobre ellas, se imponía, atenazadora, la escena en la que veía a su hombre, con quien había compartido tantos momentos de intimidad, enredado en una telaraña que brotaba, como un sol, desde el centro del pubis de una mujer de cabello negro y rizado. Una visión insoportable, matizada por aquella carcajada que al principio era apenas perceptible, pero que crecía cada vez más hasta hacerla enloquecer.
- ¡Bastaaaaaaaa!
De pronto comenzó a experimentar un rápido e irreversible proceso de transformación: sus venas dejaron de ser riachuelos para convertirse en torrentes ávidos de echar por tierra cuanto se les interpusiera, el corazón le latía con toque de tambor de guerra, sus manos dejaron de obedecerle para estrenar una autonomía recién adquirida y se desprendieron a volar, dispuestas a callar al dueño de aquella carcajada abominable, de aquella burla.
Sin saber cómo, sus dedos se adueñaron de la navaja de barbero y toda ella se abalanzó, con fuerza extraordinaria, sobre el asombrado lampiño, quien no atinó a nada más que protegerse la cara e intentar huir, mientras la mano armada de su calva le hería irremediablemente.
Él intentó frenar la avalancha, pero antes de que pudiese mover un músculo ya la hoja había hecho escala en su cuello, y la sangre se le fugaba a borbotones. Mientras luchaba por detener la vida que se le escapaba la miró, con la última mirada de amor que pudo prodigarle, la miró perdonándola, amándola, muriéndose. Pero ella no escuchaba más que sus propios latidos, a ritmo de tambor, la sangre hirviéndole en las venas, el sonido irresistible de la risa de aquel traidor. No podía escuchar sus súplicas, tampoco sus lamentos, ni el sonido del botiquín al caer. No vio su mirada de perdón, no quería ser perdonada, ella quería ser redimida, quería aniquilar el cuerpo corrompido, reducir a partículas miserables la superficie contaminada, vengar el agravio a que había sido expuesta, quería tantas cosas que en mitad de su acto no recordaba ya por qué la había emprendido contra aquel cuerpo... pero no buscaba el perdón.
Por eso cavó con fruición, como si cavara una tumba, y no se detuvo hasta que cesaron las carcajadas en su cabeza, entonces se quedó en el suelo, junto al cuerpo inerte de su amado, explicándole, con el mismo tono sosegado que había tenido que hacerlo porque estaba contaminado, “otra vez has vuelto a ensuciarte” – le decía.
A ratos lo llamaba: “mi vida, mi amor, mi calvo”, pero al ver que no contestaba se enfurecía, lo sacudía contra el suelo, para volver a abrazarlo luego y acunarlo entre sus brazos ensangrentados.
Había pasado un tiempo incalculable, la noche cerrada había caído, un sonido conocido la devolvió a la realidad. No era posible, se dijo. Era posible, y se levantó, de regreso hacia la bañera.
Las vio entrar por debajo de la puerta, como dueñas y señoras de la casa, y supo que esa vez no tendría escapatoria, venían a por ella.

sábado, 18 de agosto de 2007

Por casualidad

Aquella vez, como siempre, fue la casualidad el motivo de todo. Tres años después de quedarse viuda, cuando ya estaba acostumbrándose a vivir de un lado para otro con maletas y recuerdos, ocurrió la última de sus casualidades, justo en esa mañana otoñal, olorosa a resina de pino, y no pudo menos que sonreír ante tal ironía.
Y fue puro accidente; esa mañana había salido al balcón, que era lo primero que hacía cuando se despertaba, y afuera el día estaba espléndido -los calores de agosto ya se habían ido- así que decidió prepararse un desayuno como Dios manda y sentarse a ver la gente pasar. Por suerte ya Laura y su prole estaban fuera, sino su hija la habría regañado por comer un desayuno tan pesado: café con leche, tostadas con mantequilla y huevos revueltos con jamón.
Mientras desayunaba oía a los pájaros trinar, veía a la gente que a esa hora se apuraba en llegar al trabajo, los viejos como ella sacando a sus perros a pasear o yendo a comprar el periódico. No era la primera vez que gozaba de esa sensación de plenitud, de estar en paz consigo misma; llevaba un tiempo sintiéndose cada vez mejor, aproximadamente desde el inicio del año, y mientras paladeaba el café con leche le dio por reflexionar.
La suya había sido casi una vida prestaba, marcada por el azar, cómoda. Pasivamente había ido deslizándose por los años que no la habían hecho aprender demasiado, más bien podría decirse que la vida la había tratado con delicadeza, como a toda una señora. Y todo había sido tan casual… Conocer a Raimundo aquella tarde, así, sólo porque su hermana no quisiera abrir la puerta tras una colosal discusión en la que, al final, como siempre, había abierto ella, para ver que era el cartero, que a su vez era Raimundo, y no hubo más que bajar la vista y ponerse nerviosa a la hora de firmar la revista de su madre, Selecciones, que venía cada mes, decían que desde los mismos Estados Unidos. Cada mes... como Raimundo, que lentamente (un año más o menos) pasó a ser de la familia, tras siete u ocho tazas de café, una invitación a un baile, dos o tres besos robados y cuatro meses de balancearse juntos en la sala de la casa mientras su madre tejía.
Se había casado con él, en la iglesia de su pueblo, como toda muchacha de buena familia. Pura suerte fue también que Raimundo adorase la madera, como su padre, y que pronto aprendiese con entusiasmo las labores de la mueblería, lo que hizo que finalmente su padre le permitiera casarse con él, que por aquel entonces era un pobre diablo. Suerte, el hecho de que se entendieran en la cama como si hubieran estado predestinados; que Raimundo fuera tan maestro cuando decía ser primerizo, y que ella tuviera aquel instinto para el sexo de las que nacen putas y no lo saben. No era entonces extraño que se pasasen el día haciendo y deshaciendo los amores, pero sí que la primera de sus tres hijas naciera justo a los ocho meses de casados, para más pasmo el día del cumpleaños de su abuelo materno, quien no sabía si reírse o llorar por esa feliz coincidencia que a la vez ponía en tela de juicio el honor de la familia.
Por pura casualidad, o por las diarreas de Laurita, no había llegado a tiempo a la estación de trenes el año después de mudarse para la Habana, cuando ya había sacado los pasajes para ir con las dos niñas a su pueblo natal. Raimundo no podría acompañarla porque justamente se había enfermado un compañero de trabajo y como las diarreas de Laurita no terminaban, al final se había hecho tarde para tomar aquel tren Habana-Sancti Spiritus que se descarriló con más de cien heridos y montones de muertos. Aquel verano no hubo viaje al pueblo porque el desmayo que le provocó aquel sobresalto dejó en evidencia su tercer embarazo.
Nunca pensó que iría a la Universidad; con tres hijas, un marido machista y casi cuarenta años; pero quién le hubiera dicho que ese año los comunistas, que estaban en su apogeo, necesitarían formar maestros, pues los que había no alcanzaban, así que ella, que tenía el bachillerato, había sido “llamada a dar el paso al frente” y claro, había tomado -como si no hubiera soñado siempre con esa posibilidad- la decisión, aceptada de mala gana por su esposo, de hacerse educadora, y ése había sido su mayor orgullo y el tiempo más feliz de su existencia, viendo cómo se realizaba su sueño mientras Raimundo y su madre se hacían cargo de las niñas durante toda la semana, para que ella estudiase. Y por aquel azar podría decirse, que fue una de las primeras feministas de su generación, por designio ajeno.
Nunca había llevado las riendas de su vida… “nunca he llevado las riendas de mi vida” - reflexionaba esa mañana- “pero a partir de ahora las llevaré”, había resuelto, segura como nunca había estado antes de su decisión, que coincidió con el último sorbo del café con leche. Aún le quedó tiempo para reírse de lo boba que había sido, engañándose a sí misma con la idea de que seguía enamorada de Raimundo, después de cincuenta años de matrimonio. “Cincuenta años”- pensó- “se dice fácil”. Cincuenta años de aburrimiento, encerrada en el papel que la sociedad había reservado para sí, madre ejemplar, esposa abnegada, militante comprometida con la causa de la Revolución... “Cincuenta años”- volvió a acudir la cifra a su cabeza, pero ¿cómo era posible tras cincuenta años seguir enamorada de alguien a quien se conoce por casualidad, con quien uno se casa por pura coincidencia de oficios y deseo paterno de tener hijos varones?”.
La noche del velorio volvió tropezarse al amor imposible de sus años de universidad; aquel profesor de voz grave y porte elegante al que, sin embargo, veía avejentado, tal y como debía verse ella, sin dudas. Pero no era tiempo ya de sutiles escarceos, pensó en aquel momento: ella era una viuda enamorada de su difunto marido, a quien por casualidad le habían diagnosticado un cáncer terminal mientras le hacían un chequeo para operarlo de cálculos en la vesícula. Había muerto en tres meses, sin darle tiempo a acostumbrarse, “uno nunca se acostumbra a la muerte”, pensaba aquella mañana de extraña lucidez; pero ahora, desde hace unos meses ya, se acordaba cada día de aquel hombre, aunque estuviera hecho polvo, ella tampoco estaba para tirar cohetes, a sus setenta y uno. Semanas atrás había buscado su número en la guía telefónica y pensaba llamarlo cuando fuera el momento.
Ese era el día; tras tomarse el último buche del café con leche se levantó y buscó el papelito que escondía en el fondo de su cartera. Salió andando a paso rápido, parecía una gacela, era como si se hubiera quitado veinte años de encima, y mientras llegaba a la sala, donde estaba el teléfono, pensaba lo que le diría: - Hola, ¿eres tú? – (porque suponía que lo cogería él). Pero no, quedaría muy evidente y a su edad no se veía bien. Tras dos o tres ensayos decidió que sería directa: - Hola ¿qué tal? Estaba buscando un teléfono en la guía y me encontré tu número – una mentira piadosa, pero que la haría parecer más interesante, así que decidió que primero se serenaría, daría una vuelta hasta relajarse, para que no le temblase la voz. Entonces fue que comenzó a sentir el buche ácido que le subía desde el esófago. Las comidas abundantes no van bien a los esófagos seniles, pensó. Fue a la cocina a tomarse una cucharada de su inseparable Alusil, ya sentía un claro ardor y no quería que la acidez le estropeara la conversación, después de tantos años…
- Hola ¿cómo estás? Sigues tan bella…- se imaginaba- ¿por qué no nos encontramos esta tarde para tomar un té? – sí, pero ya sería demasiado pedir; cavilaba mientras trataba de alcanzar el Alusil que su hija escondía donde los niños no pudiesen alcanzarlo. “Hidróxido de aluminio, dónde estáaas” -canturreaba- “ven a míi, ven a mi estómago, ven a mi es - tó - ma - goooo”.
No hubo ruido ni aspavientos, solamente el golpe seco de su cuerpo contra el suelo de granito de la cocina. Ni un estrépito que avisase a los vecinos. Por no haber no hubo ni silla, se cayó de sus propios pies, al final con la prisa no trajo ni una silla. Ni una peligrosa, letal, silla, y se cayó de sus pies, de sus propios y absurdos y seniles y borrachos pies.
- Hola, ¿hola?¿Hay alguien ahí?... ¡Conteste! ¿Es que no le da vergüenza molestar a un pobre anciano?
- Hola…. es que… ví tu número… en la guía y cua-ndo fui a lla-mar-te… me... caí y... ¿sabes quien soy? ¿No? Bueno... adiós, de todos modos…

martes, 14 de agosto de 2007

El viaje II


Saludos desde Barcelona.




Cumpleaños de mi sobrina

Ayer fue el cumpleaños de mi sobrina Niamey, hay que ver qué día escogió para nacer...
Es tan bonita... estoy enamorada de su carita alegre y expresiva, además es una bola de humo, cómo sabe, es, como ella misma dice, un "bicho malo". Les dejo con unas fotos suyas para que lo comprueben. Ah, el regalo le encantó, un columpio (como le gustan tanto los del parque).
Aquí con su papá, con sólo tres añitos nada sola con los manguitos, no le tiene miedo al agua.







domingo, 12 de agosto de 2007

Silvio Rodriguez - La Cancion de la trova

Para reafirmar esto que decía antes publico esta canción. En Cuba está la Vieja Trova, la nueva (que es a la que este Silvio jovencísimo se refiere, como renovadora del estilo de la vieja trova) y la novísima trova. ¿Las diferencias? El mensaje, la época, el ritmo, no soy una estudiosa, pero todas, todas son bonitas, claro que como dije antes yo me quedo con la Nueva Trova, porque es la que más me mueve.

Ah, esta canción también es preciosa


Leyendo un comentario en unos posts viejos, esos de las canciones "Campana de Cristal" o "Fe (Ni un ya no estás)", me acordé de esta otra canción de Pepe Ordaz, un nombre que no ha trascendido tanto como el de otros compositores cubanos de la nueva trova, pero que creo que vale la pena aquí recordarlo puesto que tiene canciones preciosas como esta que abajo aparece.
A Pepe no lo conocía yo, supongo que era muy joven cuando sus canciones se hicieron famosas. A mí me gusta la nueva trova, pero lo cierto es que pertenezco a una generación posterior, que tuvo la novísima trova como referente, aunque, con todo respeto, no era lo mismo ya, porque la Nueva Trova fue más que un movimiento musical, fue una revolución en sí misma (en el mejor uso de la palabra). Con todo lo que digan, de todos estos años de experimento socialista, yo me quedo con la Nueva Trova como lo más bonito que ha dado la "Revolución".

Aquí les dejo con la canción de Pepe Ordaz, a quien ví actuar en la pasada Feria del Libro de la Habana, y fue para mí todo un descubrimiento. La canción la popularizó el grupo Sierra Maestra.

Son Para Ti

Pepe Ordaz

Recién empiezo a comprender, que te he llevado en mí,
desde que supe distinguir entre amor y mujer.
Desde que pude valorar, entre mis bolas de jugar
y un beso.

Y al cabo de tanto besar, a otras me encuentro yo.
Comparto el centro de mi juventud, con el final de tu niñez.
Son dos etapas que al azar, se unieron para derrotar al tiempo.

Enséñame mujer del hechicero, navegar,
la senda que me lleva hasta tu cuerpo.
Y hazme sentir, con el contacto suave de tu piel,
que nuestro amor supo vencer al tiempo.

Y búscame, cuando la tarde pierda su esplendor,
cuando tenga la noche entre mis brazos.
Y en el lugar, que ayer la oscuridad nos ocultó,
suspirarás, desde el primer abrazo.

viernes, 10 de agosto de 2007

Fotos mías

Con mi amigo Jose Joaquín




Con mi amiga Luisa.



Con Armando, el hombre de mi vida.



Con mi padre (el mejor).






Con mi amiga Inma.

Sueños de suicida

En el primero de los sueños yo conducía un coche al revés, no con las ruedas hacia arriba sino de espaldas, no con las manos hacia atrás sino con el timón en el espaldar del asiento trasero. Como conducía de esta extraña manera no sabía si la derecha era la izquierda y viceversa, pero no chocaba, y eso que me esforzaba en hacer las cosas mal.
Iba yo, como en esas películas de absurdos, por una calle concurrida, y no podía ver lo que enfrentaba, lo que me producía una gran angustia. No sé si maté a alguien en mi sueño, no sé si me morí, en todo caso siempre podría alegar que estaba soñando.
Para el segundo de los sueños iba yo mejor preparada, con un chaleco fosforescente de los de llevar en el maletero. Me lo ajustaba bien, no fuera a caérseme, pues esa vez me tocaba conducir una avioneta.
Era la boda de mi hermana, y tenía yo como misión llevar sanos y salvos a los invitados a este enlace de copete, que se celebraba en otra ciudad. Me subía yo en mi avión, en la parte del piloto, y tocaba los botones, tal y como haría un piloto, aunque sin resultados aparentes, la avioneta no se movía. Miré detrás de la cortina y vi que no había pasajeros; al parecer aquellos, asustados, habían puesto pies en polvorosa dejándome sola. Al menos esa vez estoy segura de que no arrastré a nadie a mi sueño suicida.
Así que encendí el motor y de repente ya volaba, pero justo en el aire recordé que no sabía hacia dónde, como tampoco sabía conducir un avión, y puesto que no podía fijarme en los carteles ni los caminos conocidos de memoria, además soy malísima con la brújula, y ni siquiera se podía clavar una estaca en la tierra para saber el norte, y encima la isla era tan estrecha que al menor descuido podía desviarme hacia la mar, decidí lanzarme hacia una nube que lucía acogedora, justo debajo y dejar que la avioneta se estrellase.
Cuando me desperté caía yo hacia el vacío, y el chaleco reflectante me daba el aire de una estrella fugaz.

Estar jodido

Estar jodido es una tarde de invierno ver pasar a los coches ajenos y veloces cuando esperas un autobús que nunca llega. Verlos pasar por delante de ti, como si no existieras; llenos de gente extraña que no repara en ti, ese detalle recostado en el poste, ese objeto más en el paisaje. Mientras tú, que tienes frío, te sientes fuera de ese mundo de destinos y prisas.
Puesto que tu mundo es lento, tan lento, que cuando llega el bus y alcanzas por fin a meterte en ese pedazo de mundo, miras por la ventana y reconoces el coche rojo y nuevo que pasó delante de tus ojos como un sueño, y que ya está de vuelta de lo suyo, de cualquiera que fuese su destino.
Sin embargo para ti no ha hecho más que empezar el trayecto de abrires y cerrares, de paradas interminables en las que sube cada vez más personal y baja menos, como si el monstruo de metal los fuera engullendo. Y mientras adentro el ambiente se carga de olores variopintos, de idiomas diferentes, de contactos humanos tú, inesperadamente, comienzas a sentirte feliz.
Feliz porque, aunque no conozcas a nadie, no te sientes tan solo y ves que hay otros pobres como tú, y otros que no lucen tan pobres, ni jodidos, lo cual te eleva la autoestima, aunque sepas que en el fondo tu júbilo no es más que un mecanismo de tu psiquis para no padecer.
No importa adonde vayas, siempre será lento el gusano que te lleve. Con suerte algunas veces -como ésta- serán alegres, sólo hasta el momento en que el gusano vomita al personal, justo en el centro, sin importarle para nada tu recién estrenado entusiasmo. El monstruo vomita y tú te sientes solo de nuevo, cada vez más solo, aunque ahora los coches no te pasen por delante y los tengas debajo, de forma que si quieres hasta puedes sentirte superior a ellos o fisgonear lo que sucede a quienes los ostentan sin que se sepa nada.
No entiendes por qué los viajeros sonríen cuando se abren las puertas y miran sus relojes con apremio, cuando tú te quedas vacío de nuevo, derrotado, y suspiras o duermes mientras llegas a la última parada, que es para ti lo mismo, porque no tienes adonde ir, porque no tienes familia, ni amigos, porque no tienes trabajo, porque eres inmigrante.

Continúo exponiendo mis poemas adolescentes

¿La verdad? No sé si era más madura entonces que ahora, no sé de dónde sacaba yo aquella intuición, sin haber vivido apenas. Hoy probablemente digo menos frases hechas, soy más reflexiva... pero mucho menos poeta.
Saludos.

Cadáver exquisito

La noche de los lápices, jugamos
como todas las noches,
las palabras,
jugaban a callarnos.

Y yo, boca cerrada, no entran moscas,
descubriendo motivos como velos,
descorriendo cortinas, desnudando
la carne que no resiste ataduras,
que no quiere ser cubierta,
los sentimientos más puros.

Quiero un amor, que me transporte
al banco de aquel parque,
a aquella fuente
que tiene un cupido que vomita
agua limpia de frondoso manantial.

Quiero dormir a la orilla del río,
donde el agua me alcance para no oír
ni el ruido de los pájaros, ni el agua,
cuando cae en la roca.

Quiero un silencio enrarecido.

Vengo a llevarte, música, no intentes
besarme los oídos.

Transparencias

Tal vez un día logre descubrirte
la esencia, y alcanzar donde no llego.
Hasta donde no me dejas llegar,
o hasta donde no quiero.

Mas por ahora me conformo,
con tenderte mis brazos y apresarte,
aunque no logre abarcar con ese gesto
toda la dimensión de tu estatura.

Me basta con cubrirte con mi manto
y el juego no parece complicarse.
Es sencillo: te quiero por ahora
y me quieres, o al menos eso dices.

Te quiero y te retengo por las buenas,
sin realizar esfuerzos sobrehumanos,
sin dejar de ser yo y sin alterarte
el gusto a ti, que tanto me provoca.

Te quiero sin temores ni exabruptos,
sin miedo al abandono o al olvido.
Mi amor es algo así como una fuente
volcada sobre un río.

Nada espero de ti que no me dieras,
nada te doy de mí que no me pidas.
Queriéndonos así, la primavera
nos durará, quizás, toda la vida.

Envidia

Encontraré a mi muerte un día de estos,
quién sabe si más tarde o más temprano.

Me mirará pasar arrepentida
de no haberme llevado por la fuerza
a su casa de puertas siempre abiertas
a quien quiera llegar,
mas infranqueables,
para aquellos que penan por salir.

Mi muerte se preguntará al mirarme
qué hago yo aquí en el mundo de los vivos
con tanto desconsuelo en la camisa,
tanta melancolía en los bolsillos.

Charlaremos en torno a los negocios,
canjearemos:
soledad por tristeza.

Me propondrá compartir su apartamento:
"queda allá no muy lejos
del centro del olvido”.

Tal vez así nos aburramos más,
quizás hasta lleguemos
a divertirnos menos.

Yo quedaré confusa con la oferta;
nunca antes había pensado en eso
de hacer con mi tristeza transacciones.
Poner un puesto en pleno cementerio
de angustias y deseos reprimidos.

Y al calor de la próspera ganancia
mi muerte empezará sin darse cuenta
a tomarme cariño.

Y (ya lo veo venir), ya lo imagino
que un día nuestro fructífero negocio
se encontrará de luto, pues mi muerte
se habrá suicidado, dejándome una nota:
“eres más muerte que yo,
lo reconozco,
me es imposible conmorir contigo”.

Más poemas viejos

Mente volando

Aquí estoy,
con las manos abiertas hacia el cielo,
pretendiendo agarrar un no sé qué,
algo que me falta.

Inmóvil, la respiración cortada
casi como muerta espero.
Oteo el horizonte y espero
en medio de la calle
varada.
Indiferente al tráfico y al tiempo,
a la gente que pasa por mi lado
mirando con recelo.

Yo no los veo.
Concentrada en buscar lo inalcanzable
miro a lo lejos.
Con todos mis sentidos
miro y no veo.
No veo lo obvio,
no veo lo simple,
busco algo etéreo.

Algo que me alimente,
que me anime.
Algo que me entusiasme,
que me llene.
Algo ¿trascendental?
que me trascienda,
que me atraviese,
que me derribe,
o que me haga volar.

Espero,
desespero,
busco y no encuentro.

Poeta,
soñadora,
se van sumando
los improperios.

Y yo esperando,
nubes lloviendo,
aves volando,
rostro sonriendo,
autos frenando,
cuerpo cayendo,
libros rodando,
vidrios rompiendo,
gente mirando,
la policía,
mente volando,
risa subiendo,
mente volando,
mente volando,
mente volando,
mente volando....

jueves, 9 de agosto de 2007

Más poemas (adolescentes)

Anti-reloj

Romperé los relojes de mi casa,
voy a romperlos, sí, porque me asustan,
me vuelven una autómata regida
por un montón de piezas, de chatarra.

Y el que llevo en el brazo, ese martirio,
esa soga en mi cuello, ese verdugo
que me recuerda siempre qué no he hecho,
lo dejaré caer así, al descuido.

Al grande de la sala, al cantadero
le meteré una flor entre sus ruedas
una flor fresca, húmeda, viviente,
que oxide, con su savia, el esqueleto.

Nunca serán personas, nunca pájaros,
aunque canten las horas, aunque griten
aunque tengan colores no son árboles,
no dan flores ni frutos, sólo números.

Pobres relojes tontos, pobrecitos
en sus cárceles de oro encapsulados.
Recorriendo su pobre repertorio
una tras de otra vez, al infinito.



Días de lluvia


Es magnífico sentarse y ver llover
a través de la ventana,
cuando uno está tan solo.

Es mejor que correr tras de la efímera,
perversa e impalpable
felicidad.

Qué palabra tan hueca y rimbombante,
absurda y asediada,
de muchos, un afán.

Para mí es un enigma,
no sé cuando la tengo,
y en noches como ésta,
se me va.

Sólo queda esta lluvia
que no cesa.
Como el llanto que falta a mis ojos,
como el mar.

Eterna y atrevida,
penetra en mi santuario
me moja sin quererlo,
me invita a recordar.

En mi vida he tenido
lluvias alegres,
cobijada en los brazos
de algún que otro galán.

He tenido aguaceros
memorables,
de los que no he querido
despertar.

Mas ésta es una lluvia diferente,
acorde con mi espíritu,
oportuna.

La escucho palpitar,
con su cadencia de árboles,
y no pienso en más nada.

Ahora yo soy la lluvia,
esa lluvia que cae.


De vampiros

Las sombras de la noche se evaporan
al llegar la mañana con sus ruidos,
su música molesta, inconfundible,
señal de que comienza un día nuevo.

El sol es el antídoto del miedo,
de las enredaderas, los fantasmas,
con él no valen ya los sortilegios
los vampiros regresan a sus cajas.

La magia de la noche está en su esencia
oscura, vaga, turbadora, muerte.
Evocar la verdad es sacrilegio
encender una vela, mala suerte.

La luz pone las cosas en su sitio
se pierden las aristas, los matices
y todo resplandece con su brillo
con colores reales, con insulsos barnices.



Putrefacción

Siento como me pudro
lentamente
y nadie a mi alrededor
puede hacer nada.
Ni siquiera,
el amante que besa mi cuello oloroso
a fragancia de flor.

Y yo gozo de saber
que están contados
mis días de princesa mañanera.

Y yo río,
al ver los cuerpos atléticos
de las revistas,
grasosos,
bronceados,
bellos,
son cuerpos domesticados
por el constante ejercicio.

Pero yo me pudro
y como no puedo hacer nada
por evitarlo,
me contento con burlarme
de la belleza.
De esa belleza instantánea,
cegadora,
la deslumbrante belleza
de un joven cuerpo desnudo.

Y yo me miro
en el espejo enemigo de mi cuarto,
ese terco soplón que no me engaña
ni ante las amenazas que le grito.

Ese espejo asesino de mi imagen,
y esta boca, asesina de mi cuerpo,
van a acabar conmigo.

No me importa,
que se pudra mi carne, que se pudra,
pero sin paños tibios.
¡Si al final soy un monstruo ante el espejo
quiero serlo ahora mismo!

... Lo que más me atormenta,
de mi putrefacción, es el período
que demoro en hacerlo,
una lenta condena a plazo fijo.

Si al menos yo supiera
que tengo una semana de permiso
gozaría hasta el último instante
de este amable resquicio.

Le diría a mi amante
que amase mi morada con locura,
que mordiese mis senos sin remilgos,
hasta que de mi piel brotara sangre,
y mi vientre inflamado fuera un foso,
ganado a fuerza de martillos.

Luego desvencijada,
maltratada mi carne por excesos
me sentaría a esperar frente al espejo,
de mi cuerpo el brutal estropicio.

... Y metamorfoseada, cual cigarra,
reiría con los dientes que me queden
de esos que se resisten a enfrentar
la vulgar decadencia de lo vivo.


miércoles, 8 de agosto de 2007

Poemas adolescentes

¿Qué tal? ¿Les gustaron los vídeos? Pues voy a descansar unos días de mi faceta de dj. Ahora me he montado en el personaje de poetisa, (poetisa, sacerdotisa... ) Mucho mejor ¿no?
Comenzaré por publicar algunos poemas a los que les falta algo (¿experiencia, madurez, lecturas?) o les sobra rima, juzguen ustedes mismos. Luego si se portan bien iré desvelando los más recientes, que se supone que son mejores (aunque no se garantiza).
El que está a vuestra derecha, ese tan rimadito, pertenece a esta clase de poemas que suenan sospechosamente bien.
Estos primeros estaban agrupados en un libro inédito que se llama "Las cosas que yo creo" ¿ingeniosa la frase, no? Ah, juventud, divino tesoro.
Bueno, ahí va eso.


Lujuria

¡Lujuria, ven a mí!, tráeme contigo
aquellas noches de sábanas revueltas,
de velas encendidas,
de gritos apagados,
de gemidos.

La nostalgia entorpece mis sentidos,
no puedo más, de amor encarcelado.
Fluye en mis venas, cual río caudaloso
sin destino,
sin frenos,
desbocado.

La nostalgia me tiene prisionera,
recuerdos de los días ya pasados.

Los días del amor a pierna suelta,
del comer por no morirnos de hambre,
del galopar sin fin de nuestros cuerpos.


Mas, ven lujuria, ven a atarme las manos,
Ven a desabrocharme los estribos.
¡Gobiérname! ¡Enloquéceme! ¡Suavízame!
Agótame por fin de tantos besos.
¡Transpórtame! ¡Bautízame! ¡Renáceme!
Quítame de una vez esta pereza.

Cansada estoy de andar por esas calles,
sola, triste, de amor necesitada.

¡Necesito lujuria en carne propia!
Pecar y no ir al cielo, ser blasfema,
morir de amor, bajar hasta el infierno
quemada por los besos voluptuosos
del hombre que con besos me desarma.



Nada sutil, como ven, no obstante suena bien en los recitales, es de esos que sacan aplausos.
Ahora ya no diría lujuria, usaría otras palabras para expresarme...

Bueno, os dejo con tres más, del mismo tema (erótico-festivo).


Realista

Ya sé de cierto que no soy imprescindible
en este mundo que nos corresponde.
Nadie muere de amores por mí,
nadie agoniza ahora por la falta de mi ser.
No pienso suicidarme, no estoy loca,
además siempre es posible atormentar a algún incauto,
pues me gusta, y lo digo sin sonrojo
jugar a enamorar, y a enamorarme.
El juego de la seducción me atrae
(qué vicio saludable y qué problema).
Detesto no tener un objetivo,
un amante real o imaginario,
un motivo de verso, o de desvelo,
la noción de pertenecer a algo:
un partido, una raza, lo que sea,
algo que ate mi sexo a la deriva.



Libertario

Cuando el amor te llegue, no le huyas
porque morir de amor es imposible,
lo lógico es morir de desamor.

No temas florecer, abre tus alas,
acepta ésta llovizna bendecida
que la vida te entrega, dadivosa.

Desata tus encantos, mariposa
y vuela presurosa por la vida,
que no siempre hay un jardín de rosas.

Que la felicidad nunca es bastante,
que son tan sólo instantes de locura,
y que tú eres lo más importante.

Regálate, pues bien, un día de asueto,
tira lejos esa melancolía,
y deja disfrutar a tu esqueleto.

Quédate, entre las sábanas, dormida,
cuando suene el reloj, con ese amante
que hace rato te trae embobecida.

Es tan corta la vida, que es bastante
para sentirse bien, tener un día,
con colchón, y con sábanas, y amante.


Advertencia

Hay un hombre en mi cama,
respira dulcemente
ajeno a mi escrutinio.

Este hombre magnífico
duerme cual hoja seca
que el viento hubiera
arrastrado hasta mí

Todos sabemos
que el viento es caprichoso
y que más vale no contradecirlo.

Me ha dejado este hombre
posado aquí en mi cama.
Y tengo que admitir que es todo un hombre.
No le sobra ni un dedo,
no le falta una tuerca,
he dicho que respira,
si lo toco se mueve
(tiene eso que llamamos
sensibilidad).
Lo cual no significa
que llore más tarde
si le leo un poema.

Tiene pelos, espalda,
tan amplia que podría
tenderme sobre ella.
Y la temperatura de su cuerpo
es tibia, para ser conservadora.
Aunque si me recuesto contra él
podré saber exactamente
con cuántos grados arde mi deseo.

Hay un hombre, repito,
lo digo por si acaso,
no vaya a ser que luego
me acusen de liviana.

Duerme como angelito
¡angelito!
Con ese cuerpo terrenal
y esa boca profana.

Y ¿cómo resistirse
ante tanta belleza?
El pecado sería
no morder la manzana.

Y ¿qué puede pasar?

¿Qué más tarde se pudra o me indigeste?
¿Qué se ofrezca a otras bocas, la villana?

Acepto el riesgo,
que no todos los días hay manjares de dioses
encima de mi cama.



Como ven son bastante cursis.
Pero tienen su gracia, o al menos a mí me lo parece. Ahora, que malos son un rato largo.
Buenas noches tengan todos los que se ríen como yo me estoy riendo hoy.

Frank Delgado. Monólogo en un concierto

Qué cómico Frank, no sé si es mejor cuentista que compositor o cantante. A mí me encanta, disfrútenlo.

Ella Fitzgerald. Misty.

Oh yes, I'm too misty and too much inlove.

martes, 7 de agosto de 2007

Sintesis

Como bailé yo con Síntesis, coñó, esta canción me encanta. A veces los cubanos no saben apreciar su folclor. Este grupo es magnífico,y lo era más cuando cantaba Fidelito, quien, por cierto, vive aquí en Mallorca.

Esto se parece a "De la gran escena"

¿Se acuerdan de ese programa? Creo que todavía existe, corríjanme si me equivoco. Pues yo no sé por qué últimamente tengo vocación de guionista. Desde que descubrí el youtube (qué vacilón), puedo encontrar todo lo que quiera, y lo mejor, compartirlo con quienes no conocen estas maravillas. Permítanme esta licencia.

AMIGAS

Ah, qué cubano no recuerda esta canción. Ojo a la voz de la inolvidable Elena. Miky, esta es para tí.

Habana abierta. Corazón Boomerang

De lo mejorcito que ha dado Cuba en los últimos tiempos, sirven para bailar pero también para escuchar. Sus letras polémicas y descomplicadas abordan temas espinosos de la actualidad cubana, pero siempre con humor y buena onda.

Liuba Maria Hevia - Alguien me espera

Esta mujer es de las mejores intérpretes que hay actualmente en Cuba. Su voz dulcísima es un regalo a los oídos. Ha sabido conjugar la música tradicional cubana con otros estilos, y el resultado es un estilo muy personal.

carlos nuñez Canto de seitura

Lo cuelgo de nuevo porque se me borró sin querer. Precioso.

El ángel

No caminaba, flotaba, ingrávida, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, era una pluma que el viento llevaba y traía a su antojo, había quedado atrapada en su cuerpo, pero tenía unas alas enormes, enormes, que le permitían ir donde quisiera, menos cruzar el mar.
El mar. Muchas veces llegaba hasta él, pero justo en la orilla se detenía, era demasiado ancho, no podría atravesarlo, aunque quisiera. Se detenía a contemplarlo desde la arena en toda su majestuosidad, era demasiado... ancho, era apabullante.
Vivir en una isla, con el agua como vínculo o frontera, no era cosa de juego, no hay puentes al horizonte, no hay escape… Quedaba solamente surcar una y otra vez los caminos, prender una hoguera en la playa, y sentarse a esperar. Mirando el azul del océano lo comprendía todo, el azul absorbía sus ojos, o estos lo retenían, en una especie de reto, mientras más el mar era causante de sus penas, más ella lo desafiaba, pero él nunca se inmutó. Iba y venía indiferente, a veces embravecido, otras, tranquilo como si nada sucediese.
Del otro lado del mar estaba su destino, se lo habían dicho las cartas: cruzarás el mar, pero ¿cuándo? Todas las señales le revelaban que uno de esos días sería el indicado. Por si acaso, había hecho una promesa a la diosa de las aguas, para que la favoreciese en su empeño: cada noche encendería una hoguera a la orilla de la playa, en su honor. Y así lo hizo.
Él sabía aunque pretendiera no enterarse, por más que tratase no podía ignorar la presencia de aquella muchacha, mariposa o ángel, sus desnudos pies firmemente enterrados en la arena, donde las olas no la alcanzasen, con aquella mirada impertinente, atormentadora. “Un día te voy a alcanzar” – bramaba. Ya estaba cansándose del juego.
Al principio fue divertido, pensó que era una admiradora, y actuó como siempre, indiferente. Había aprendido a convivir con las miradas indiscretas de los moradores, y hasta se divertía pensando en los amantes que iban a verter sus amores a la playa, en los poetas, que le dedicaban versos febriles. Pero esta muchacha era de cuidado, no era una simple muchacha: podía volar (o sea que tenía un pacto con Dios o con el Diablo), y sus rayos azules le generaban una inexplicable inquietud.
La voyeuse llegaba todas las tardes a la misma hora, unas veces caminando, otras desplegando sus hermosas alas nervudas, transparentes como el cuerpo de las medusas que habitaban sus profundidades, y con el mismo reflejo azul-rosáceo. Llegaba, hacía una fogata, y se paraba a esperar. Así permanecía, siempre de pie, escrutándolo incómodamente hasta que anochecía y no podía verse de él más que el reflejo de las olas, si la luna lo permitía. Sólo entonces se iba volando, para volver al día siguiente, y así sucesivamente. Ya llevaba más de tres ciclos lunares en el mismo ritual, y su paciencia había comenzado a agotarse.
Aquella no era una tarde común. Su patrón, el viento, había decidido soplar sobre su inmenso cuerpo, y lo obligaba a bailar al compás de una música insoportable. Ya lo tenía enfadado, y aunque intentaba protegerse de las ráfagas hirientes con remolinos y zarpazos, no conseguía escaparse. Bastaba que bajase la guardia en alguno de sus baluartes para sentir cada vez más intenso el azote del látigo invisible de su amo. Se retorcía de dolor, le imploraba con lágrimas saladas, pero era inútil, el viento soplaba colérico, despidiendo trombas punzantes que se le encajaban como aguijones. Cuando su señor estaba de mal humor, era mejor no provocarlo, porque a las rachas podían seguir los rayos, truenos, y sus peores enemigos, los granizos. Ante tal situación le quedaba el único recurso de esperar, paciente y sumiso, el fin de la tempestad.
Y aquel bicho raro estaba ahí, como una estaca, exhibiendo su odiosa transparencia, culpándolo ¿de qué? No estaba para ella, ¡quítate de mi vista, asquerosa cucaracha blanca! ¿No ves que me siento mal? ¿Qué miras? ¿Qué quieres de mí? ¡Contesta! ¿Hasta cuándo vas a seguir con ese juego? ¡¡Bastaaaaaa!!
El ángel soportó impávido la embestida de la ola. Nunca antes en el pueblo se había visto una de tal alcance, arrastró consigo sombrillas, camastros, sillas, y hasta una barca, firmemente encallada en la arena. Pero al ángel no. Resistió sin inmutarse, sin pestañear apenas, con sus insondables ojos abiertos hacia el mar, lo miró por dentro, no era tan feo, con sus burbujas de colores, sus reflejos tornasolados. Llevaba más de dos meses asistiendo a su silencioso ritual, pero hasta entonces no había visto la belleza que se escondía debajo de las olas.
Habían pasado tres lunas llenas, bajo las cuales había tenido que soportar la mirada insistente de aquella rara especie. Aquel anochecer, luego de darle un merecido castigo por su tozudez, comenzó a sentirse mal, cada vez más mal. El agua se le helaba, no podía moverse, todo él era una masa de agua congelada, un bloque de hielo. Sentía pena por la pobre criatura, en medio de la noche podía vislumbrar su alada silueta, en el mismo lugar donde había estado durante todo ese tiempo. Hasta ese momento no reconoció que estaba acostumbrado a su presencia.
La fogata estaba apagada, no soportó el embate de la ola. Era de noche y la tormenta había pasado. El ángel, con sus alas mojadas, comenzó a caminar. Si no podía llegar a la otra orilla, al menos viviría bajo el mar.