martes, 6 de marzo de 2012

Esto (y también lo otro)

Nunca he estado más confundida, al mismo tiempo nunca he estado más lúcida. Es que las paradojas acontecen tan cotidianamente, que su goteo agridulce me ha llevado a pensar que el mundo se compone de agua y paradojas. Y qué curioso, pienso, que nadie haya notado esta evidencia. ¿Y qué pasa que de esto en la escuela no se habla? Cansada estoy de sufrir en mis carnes los estragos provocados por la influencia del pensamiento unívoco sobre la educación, como si el mundo se dividiera (realmente) en buenos y malos, inútiles y válidos, verdades y mentiras... Paradojas, nomás que paradojas... ideas contrapuestas que se asocian para dinamitar nuestros esquemas, realidad incontenible, inefable, sórdida, habitando en nosotros como un cáncer. Ying y Yang, Yong y Yung, aristas infinitas de un diamante que tuvo la suerte de brillar, pero que pudo haber sido negro como la noche, y que lo es, de hecho, si la luz no lo toca con su magia. Da que pensar, ¿verdad? Por eso siempre me cuesta decidirme, porque no tengo claro que haya una única senda, una respuesta clara, una suma redonda. Apenas circunstancias, prioridades, y números tendiendo al infinito. Y paradojas.